Loading...

EL BAZAR DE LOS MALOS SUEñOS

Stephen King

0


Fragmento

Introducción

Te he preparado unas cuantas cosas, Lector Constante; las expongo ante ti a la luz de la luna. Pero, antes de que contemples los pequeños tesoros artesanales que tengo en venta, hablemos un poco de ellos, si no te importa. No nos llevará mucho tiempo. Ven, siéntate a mi lado. Y acércate un poco más. No muerdo.

Aunque… nos conocemos desde hace ya mucho tiempo, y sospecho que sabes que eso no es del todo cierto.

¿No es así?

 

 

I

Te sorprendería —al menos eso creo— la de gente que me pregunta por qué sigo escribiendo cuentos. La razón es muy sencilla: escribirlos me proporciona felicidad, porque lo mío es entretener. No toco muy bien la guitarra, ni bailo claqué, pero esto sí sé hacerlo. Y lo hago.

Soy novelista por naturaleza, eso lo admito, y siento especial predilección por las historias largas que crean una experiencia de inmersión tanto para el escritor como para el lector, donde la narrativa puede convertirse en un mundo casi real. Cuando un libro largo tiene éxito, el escritor y el lector no solo mantienen un idilio; contraen matrimonio. Cuando recibo una carta de un lector que me dice que se entristeció al llegar al final de Apocalipsis o de 22/11/63, tengo la sensación de que ese libro ha sido un éxito.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Pero las experiencias más breves e intensas tienen también su interés. Pueden ser estimulantes, a veces incluso sorprendentes, como bailar un vals con un extraño al que nunca volverás a ver, o intercambiar un beso en la oscuridad, o ver una hermosa rareza puesta a la venta sobre una manta barata en un bazar callejero. Y sí, cuando mis cuentos se recopilan en una colección, siempre me siento como un vendedor callejero, uno que solo vende en plena noche. Expongo mi género e invito al lector —ese eres tú— a venir y elegir. Pero siempre añado la oportuna advertencia: ándate con cuidado, amigo mío, porque algunos de estos artículos son peligrosos. Son aquellos que ocultan pesadillas dentro de sí, aquellos en los que no puedes dejar de pensar cuando el sueño tarda en vencerte y te preguntas por qué la puerta del armario está abierta, si sabes perfectamente que la has cerrado.

II

Si dijera que siempre me ha gustado la rigurosa disciplina impuesta por las obras narrativas más breves, mentiría. Los cuentos exigen una destreza acrobática para la que se requiere una práctica agotadora. La lectura fluida es fruto de un trabajo de redacción arduo, dicen algunos profesores, y es la verdad. Despistes que en una novela pueden pasar inadvertidos se convierten en errores flagrantes en un cuento. La rigurosa disciplina es necesaria. El autor debe contener el impulso de seguir ciertos desvíos cautivadores y ceñirse al camino principal.

Nunca percibo tan vivamente las limitaciones de mi talento como cuando escribo narrativa breve. He tenido que luchar con una sensación de ineptitud, con un profundo temor a ser incapaz de salvar la brecha entre una gran idea y la realización de las posibilidades implícitas en esa idea. Eso, hablando en plata, se reduce al simple hecho de que el producto nunca parece tan bueno como la magnífica idea que un día surgió del subconsciente junto con la entusiasta convicción: ¡Tío, esto tengo que escribirlo de inmediato!

A veces, no obstante, el resultado es aceptablemente bueno. Y muy de vez en cuando el resultado es mejor que el concepto original. Cuando eso pasa, es todo un placer. El verdadero desafío reside en meterse en el condenado asunto, y esa es la razón, creo, por la que muchos aspirantes a escritor con grandes ideas nunca llegan a coger la pluma o a empezar a teclear. Muy a menudo es como tratar de arrancar un coche en un día frío. Al principio el motor ni siquiera cobra vida; solo gime. Pero si perseveras (y no se agota la batería) el motor arranca y comienza a funcionar… primero con un sonido áspero… y después acompasado.

Aquí hay cuentos que surgieron de un destello de inspiración («Trueno de verano» fue uno de esos), y tenían que escribirse de inmediato, aun a costa de interrumpir el trabajo en una novela. Hay otros, como «Área 81», que han aguardado su turno pacientemente durante décadas. No obstante la estricta concentración necesaria para crear un buen cuento es siempre la misma. Las novelas son un poco como el béisbol, un deporte en el que el juego continúa tanto como sea necesario, aunque se requieran veinte entradas. Los cuentos se parecen más al baloncesto o el fútbol: no solo se compite contra el otro equipo sino también contra el reloj.

Cuando se trata de escribir narrativa, sea larga o corta, la curva de aprendizaje nunca termina. Tal vez yo sea un Escritor Profesional para Hacienda cuando presento la declaración de la renta, pero desde el punto de vista creativo sigo siendo un aficionado, sigo aprendiendo mi oficio. Nos pasa a todos. Cada día dedicado a escribir es una experiencia de aprendizaje, y una pugna por lograr algo nuevo. Las medias tintas no están permitidas. Uno no puede aumentar su propio talento —eso viene de fábrica—, pero sí es posible evitar que el talento se encoja. Al menos eso me gusta creer.

Ah, y este oficio todavía me apasiona.

III

He aquí la mercancía, pues, mi querido Lector Constante. Esta noche vendo un poco de todo: un monstruo que se parece a un coche (recuerda a Christine), un hombre que puede matarte escribiendo tu necrológica, un lector de libros electrónicos que accede a mundos paralelos, y un clásico de toda la vida: el final de la especie humana. Me gusta vender este género cuando los demás vendedores se han ido a casa hace ya rato, cuando las calles están vacías y un frío gajo de luna flota sobre los desfiladeros de la ciudad. Es entonces cuando me gusta extender mi manta y exponer mi mercancía.

Basta ya de charla. Quizá ahora te apetezca comprar algo, ¿No? Todo lo que ves es artesanal y, si bien adoro estos artículos del primero al último, los vendo con mucho gusto porque los he hecho especialmente para ti. Examínalos con entera libertad, pero ten cuidado, por favor.

Los mejores tienen dientes.

 

6 d ...