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DE LA ESTUPIDEZ A LA LOCURA

Umberto Eco

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Fragmento

La sociedad líquida

Como es bien sabido, la idea de modernidad o sociedad «líquida» se debe a Zygmunt Bauman. Al que desee entender las distintas implicaciones de este concepto le será útil leer Estado de crisis, obra en la que Bauman y Carlo Bordoni debaten sobre este y otros problemas.

La sociedad líquida empieza a perfilarse con la corriente llamada posmodernismo (término «comodín», que puede aplicarse a multitud de fenómenos distintos, desde la arquitectura a la filosofía y a la literatura, y no siempre con acierto). El posmodernismo marcó la crisis de las «grandes narraciones» que creían poder aplicar al mundo un modelo de orden; tenía como objetivo una reinterpretación lúdica o irónica del pasado, y en cierto modo se entrecruzó con las pulsiones nihilistas. No obstante, para Bordoni también el posmodernismo está en fase decreciente. Tenía un carácter temporal, hemos pasado a través de él sin darnos cuenta siquiera y algún día será estudiado como el prerromanticismo. Se utilizaba para señalar un fenómeno en estado de desarrollo y ha representado una especie de trayecto de la modernidad a un presente todavía sin nombre.

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Para Bauman, entre las características de este presente en estado naciente se puede incluir la crisis del Estado (¿qué libertad de decisión conservan los estados nacionales frente al poder de las entidades supranacionales?). Desaparece una entidad que garantizaba a los individuos la posibilidad de resolver de una forma homogénea los distintos problemas de nuestro tiempo, y con su crisis se ha perfilado la crisis de las ideologías, y por tanto de los partidos, y en general de toda apelación a una comunidad de valores que permitía al individuo sentirse parte de algo que interpretaba sus necesidades.

Con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de camino de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse. Este «subjetivismo» ha minado las bases de la modernidad, la ha vuelto frágil y eso da lugar a una situación en la que, al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez. Se pierde la certeza del derecho (la magistratura se percibe como enemiga) y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de referencia son aparecer sea como sea, aparecer como valor, y el consumismo. Pero se trata de un consumismo que no tiende a la posesión de objetos de deseo con los que contentarse, sino que inmediatamente los vuelve obsoletos, y el individuo pasa de un consumo a otro en una especie de bulimia sin objetivo (el nuevo teléfono móvil nos ofrece poquísimas prestaciones nuevas respecto al viejo, pero el viejo tiene que ir al desguace para participar en esta orgía del deseo).

Crisis de las ideologías y de los partidos: alguien ha dicho que estos últimos son ahora taxis a los que se suben un cabecilla o un capo mafioso que controlan votos, seleccionados con descaro según las oportunidades que ofrecen, y esto hace que la actitud hacia los tránsfugas sea incluso de comprensión y no ya de escándalo. No solo los individuos, sino la sociedad misma viven en un proceso continuo de precarización.

¿Hay algo que pueda sustituir esta licuación? Todavía no lo sabemos, y este interregno durará bastante tiempo. Bauman observa que (desaparecida la fe en una salvación que provenga de las alturas, del Estado o de la revolución) es típico del interregno el movimiento de indignación. Estos movimientos saben lo que no quieren, pero no saben lo que quieren. Y quisiera recordar que uno de los problemas que se les plantean a los responsables del orden público a propósito de los «bloques negros» es que no es posible etiquetarlos, como se hizo con los anarquistas, con los fascistas o con las Brigadas Rojas. Actúan, pero nadie sabe cuándo ni en qué dirección, ni siquiera ellos.

¿Hay algún modo de sobrevivir a la liquidez? Lo hay, y consiste justamente en ser conscientes de que vivimos en una sociedad líquida que, para ser entendida y tal vez superada, exige nuevos instrumentos. El problema es que la política y en gran parte la intelligentsia todavía no han comprendido el alcance del fenómeno. Bauman continúa siendo por ahora una vox clamantis in deserto.

[2015]

A paso de cangrejo

 

Católicos estilo libre y laicos santurrones

Cuando se habla de las grandes transformaciones espirituales que han marcado el final del siglo XX, siempre se cita la crisis de las ideologías, que es innegable y ha provocado una confusión de la distinción tradicional entre derecha e izquierda. Pero hay que preguntarse si la caída del muro de Berlín fue la causa del hundimiento, o tan solo una de sus consecuencias.

Pensemos en la ciencia: se pretendía que tuviera una ideología neutra, que fuera un ideal de progreso tanto para los liberales como para los socialistas (solo cambiaba la idea de cómo este progreso debía ser gestionado y a favor de quién, y sigue siendo ejemplar el Manifiesto comunista de 1848, que elogiaba con admiración las conquistas capitalistas y acababa más o menos con estas palabras: «Y ahora todo esto lo queremos nosotros»). Era progresista quien tenía fe en el desarrollo tecnológico, y reaccionario quien predicaba el retorno a la tradición y a la naturaleza incontaminada de los orígenes. Los casos de «revoluciones hacia atrás», como el de los ludistas, que pretendían destruir las máquinas, eran episodios marginales. No incidían a fondo en esta división neta entre ambas perspectivas.

La división empezó a resquebrajarse en el sesenta y ocho, cuando se confundían estalinistas enamorados del acero y hippies, operaístas que esperaban de la automatización el rechazo del trabajo y profetas de la liberación a través de las drogas de don Juan. Se rompió en el momento en que el populismo tercermundista se convirtió en bandera común tanto para la extrema izquierda como para la extrema derecha, y ahora nos encontramos con movimientos tipo Seattle, donde neoludistas, ecologistas radicales, ex operaístas, lumpen y vanguardias coinciden en el rechazo a la clonación, al Big Mac, a los transgénicos y a la energía nuclear.

Una transformación parecida se ha producido en la oposición entre el mundo religioso y el mundo laico. Desde hacía milenios la desconfianza hacia el progreso, el rechazo del mundo y la intransigencia doctrinal se relacionaba con el espíritu religioso; en cambio, el mundo laico contemplaba con optimismo la transformación de la naturaleza, la ductilidad de los principios éticos y el redescubrimiento afable de religiosidades «diferentes» y de pensamientos salvajes.

Desde luego no faltaban entre los creyentes las apelaciones a las «realidades terrenales», a la historia como marcha hacia la redención (piénsese en Teilhard de Chardin), mientras que abundaban los «apocalípticos» laicos, las utopías negativas de Orwell y de Huxley, o la ciencia ficción que nos mostraba los horrores de un futuro dominado por una alarmante racionalidad científica. Ahora bien, en último término correspondía a la prédica religiosa convocarnos al momento final de los novísimos y a la laica celebrar sus himnos a la locomotora.

El reciente congreso de los papa boys nos muestra, en cambio, el momento final de la transformación realizada por Wojtyla: una masa de jóvenes que aceptan la fe, pero que, a juzgar por las respuestas que daban estos días a quienes les entrevistaban, están muy lejos de las neurosis fundamentalistas, dispuestos a transigir con las relaciones prematrimoniales, los anticonceptivos, algunos incluso con las drogas y todos con las discotecas; mientras tanto, el mundo laico llora por la contaminación sonora y por un espíritu new age que parece unir a neorrevolucionarios, seguidores de monseñor Milingo y sibaritas adictos a los masajes orientales.

No hemos hecho más que empezar, pero seguro que veremos cosas alucinantes.

[2000]

¿Realmente hemos inventado muchas cosas?

El anuncio apareció probablemente en internet pero no sé dónde, porque a mí me llegó por correo electrónico. Se trata de una pseudopropuesta comercial que anuncia una novedad, el Built-in Orderly Organized Knowledge, cuyas siglas conforman el acrónimo BOOK, es decir, libro.

Sin hilos, sin batería, sin circuitos eléctricos, sin interruptor ni botón, es compacto y portátil y puede utilizarse incluso estando sentado delante de la chimenea. Está compuesto por una secuencia de hojas numeradas (de papel reciclable), cada una de las cuales contiene miles de bits de información. Estas hojas se mantienen unidas en la secuencia correcta gracias a un elegante estuche llamado encuadernación.

Cada página es escaneada ópticamente y la información se registra de manera directa en el cerebro. Hay un comando browse que permite pasar de una página a otra, hacia delante y hacia atrás, con un único movimiento del dedo. Una herramienta llamada «índice» permite encontrar al instante el tema deseado en la página exacta. Se puede adquirir un complemento opcional llamado «punto de libro», que permite volver a la página donde nos habíamos detenido, aunque el BOOK haya sido cerrado.

El anuncio termina con otras variadas explicaciones sobre este instrumento tremendamente innovador, y anuncia también la próxima comercialización del Portable Erasable-Nib Cryptic Intercommunication Language Stylus, PENCIL (es decir, lápiz). No se trata solo de un buen ejemplo de texto humorístico, sino que es también la respuesta a las numerosas preguntas angustiadas sobre la posibilidad de que desaparezca el libro ante el avance del ordenador.

Son muchos los objetos que desde que fueron inventados no han podido ser perfeccionados, como el vaso, la cuchara, o el martillo. Cuando Philip Stark quiso cambiar la forma del exprimidor creó un objeto de gran belleza, pero que deja caer las pepitas en el vaso, mientras que el exprimidor clásico las retiene junto con la pulpa. El otro día en clase me enfadé mucho con una máquina electrónica carísima que proyectaba mal las imágenes; el viejo retroproyector, por no hablar del antiguo epidiascopio, las proyecta mejor.

Mientras el siglo XX se acerca a su fin, deberíamos preguntarnos si en realidad en estos cien años hemos inventado muchas cosas nuevas. Todas las cosas que usamos cotidianamente fueron inventadas en el siglo XIX. Voy a enumerar algunas: el tren (aunque la máquina de vapor es del siglo anterior), el automóvil (con la industria del petróleo que presupone), los barcos de vapor con propulsión de hélice, la arquitectura de cemento armado y el rascacielos, el submarino, el ferrocarril subterráneo, la dinamo, la turbina, el motor diésel de gasolina, el aeroplano (el experimento definitivo de los hermanos Wright se llevaría a cabo tres años después de acabar el siglo), la máquina de escribir, el gramófono, el magnetófono, la máquina de coser, el frigorífico y las conservas en lata, la leche pasteurizada, el encendedor (y el cigarrillo), la cerradura de seguridad Yale, el ascensor, la lavadora, la plancha eléctrica, la pluma estilográfica, la goma de borrar, el papel secante, el sello de correos, el correo neumático, el váter, el timbre eléctrico, el ventilador, la aspiradora (1901), la hoja de afeitar, las camas plegables, el sillón de barbería y las sillas giratorias de oficina, el fósforo de fricción y los fósforos de seguridad, el impermeable, la cremallera, el alfiler imperdible, las bebidas gaseosas, la bicicleta con cubierta y cámara de aire, las ruedas con radios de acero y transmisión de cadena, el autobús, el tranvía eléctrico, el ferrocarril elevado, el celofán, el celuloide, las fibras artificiales, los grandes almacenes para vender todas estas cosas y —si me lo permiten— la iluminación eléctrica, el teléfono, el telégrafo, la radio, la fotografía y el cine. Babbage inventa una máquina calculadora capaz de hacer sesenta y seis sumas por minuto, y estamos ya en la senda de la computadora.

Claro que el siglo XX nos ha dado la electrónica, la penicilina y muchos otros fármacos que nos han prolongado la vida, los plásticos, la fusión nuclear, la televisión y la navegación espacial. Puede que me olvide de alguna cosas, pero también es cierto que las plumas estilográficas y los relojes más caros tratan hoy de reproducir los modelos clásicos de hace cien años, y en una antigua columna observaba que el último perfeccionamiento en el campo de las comunicaciones —que sería internet— supera a la telegrafía sin hilos inventada por Marconi mediante una telegrafía con hilos, lo que marca la vueltatrás) de la radio al teléfono.

Asistimos a un intento de desinventar al menos dos inventos típicos de nuestro siglo, los plásticos y la fisión nuclear, porque hemos caído en la cuenta de que contaminan el planeta. El progreso no consiste necesariamente en ir hacia delante a toda costa. He pedido que me devuelvan mi retroproyector.

[2000]

¡Atrás a todo vapor!

En una columna de hace algunos años decía que estamos asistiendo a una interesante regresión tecnológica. Ante todo, se había puesto bajo control la influencia perturbadora del televisor gracias al mando a distancia, mediante el cual el espectador podía trabajarse su zapeo y de este modo entrar en una fase de libertad creativa, denominada «fase de Blob». La liberación definitiva del televisor se produjo con la llegada del vídeo, con el que se completaba la evolución hacia el cinematógrafo. Además, con el mando a distancia se podía quitar por completo el volumen, volviendo a los fastos del cine mudo. Mientras tanto, al imponer una comunicación eminentemente alfabética, internet se cargaba la tan temida civilización de las imágenes. Llegados a ese punto, era posible eliminar incluso las imágenes, inventando una especie de caja que emitiera solo sonidos y que no requiriera ni siquiera el mando a distancia. Cuando escribía esto, yo pensaba que estaba bromeando, imaginándome el descubrimiento de la radio y, en cambio (inspirado sin duda por un numen), estaba vaticinando la llegada del iPod.

Claro que el estadio final se alcanzó cuando, al abandonar las transmisiones por éter, con las televisiones de pago se inició la nueva era de la transmisión por cable telefónico, pasando de la telegrafía sin hilos a la telefonía con hilos, fase completamente realizada por internet, que superaba a Marconi y volvía a Meucci.

Retomé esta teoría de una marcha atrás con mi libro A paso de cangrejo, en el que aplicaba esos principios también a la vida política (la verdad es que en otra columna reciente observaba que estamos volviendo a las noches de 1944, con patrullas militares por las calles y niños y maestras de uniforme). Pero ha sucedido algo más.

Todo aquel que haya tenido que comprarse un ordenador hace poco (en tres años se vuelven obsoletos) se habrá dado cuenta de que solo podía encontrar los que llevaban el Windows Vista incorporado. Pues bien, es suficiente leer en los diferentes blogs lo que piensan los usuarios del Vista (que no me atrevo a referir para no acabar en el juzgado) y lo que te dicen los amigos que han caído en esa trampa para hacerse el propósito (tal vez equivocado, pero absolutamente firme) de no comprarse un ordenador con el Vista. Lo malo es que si quieren un ordenador actualizado de proporciones razonables, no les queda más remedio que tragarse el Vista. La otra opción es replegarse en un clon del tamaño de un camión, ensamblado por un vendedor lleno de sus mejores intenciones, que todavía puede instalar el Windows XP y anteriores. En tal caso, su mesa de escritorio se parecerá a un laboratorio de la Olivetti con el Elea 1959.

Yo creo que los fabricantes de ordenadores se han dado cuenta de que las ventas disminuyen sensiblemente porque el usuario, con tal de no tener el Vista, renuncia a renovar el ordenador. Y entonces, ¿qué ha pasado? Para entenderlo tienen que buscar en internet «Vista downgrading» o semejantes. Ahí se les explica que, si han comprado un ordenador nuevo con el Vista, gastándose lo que se tienen que gastar, podrían saborear de nuevo la posibilidad de emplear el Windows XP (o versiones anteriores) mediante el desembolso de una suma extra (desembolso no tan sencillo, puesto que hay que pasar a través de un procedimiento que me he negado a entender) y tras muchas aventuras, podrían gozar de nuevo con la posibilidad de emplear el Windows XP o versiones anteriores.

El que usa el ordenador sabe qué es el upgrading: algo que te permite actualizar tu programa hasta el último perfeccionamiento. Por consiguiente, el downgrading es la posibilidad de reintegrar tu ordenador superavanzado a la feliz condición de los programas más viejos. Pagando, claro. Antes de que en internet se inventara este bellísimo neologismo, en un diccionario normal se leía que downgrade como sustantivo significa «cuesta abajo», «bajada», «rebaja», «versión reducida», mientras que como verbo quiere decir «bajar de categoría», «degradar», «restar importancia». Por lo cual, tras mucho trabajo y entregar cierta cantidad de dinero, se nos ofrece la posibilidad de desvirtuar y degradar algo por lo que habíamos pagado cierta suma. Parecería increíble si no fuera verdad (al respecto, Giampaolo Proni escribió un artículo muy gracioso en la revista online Golem-L’indispensabile) hay centenares de desgraciados en línea que están trabajando como locos y pagando lo que es debido para degradar su programa. ¿Cuándo llegaremos al estadio en que por una cantidad razonable nos cambien el ordenador por un cuaderno con tintero y cálamo con plumilla Perry?

Ahora bien, el tema no es solo paradójico. Hay progresos tecnológicos más allá de los cuales no se puede ir. No se puede inventar una cuchara mecánica cuando la de hace dos mil años sigue funcionando tan bien. Se ha abandonado el Concorde, que hacía el trayecto París-Nueva York en tres horas. No estoy seguro de que hayan hecho bien, pero el progreso también puede significar dar dos pasos atrás, como volver a la energía eólica como alternativa al petróleo y cosas por el estilo. ¡Tendamos al futuro! ¡Atrás a todo vapor!

[2008]

Renazco, renazco en 1940

La vida no es más que una lenta rememoración de la infancia. De acuerdo. Pero lo que convierte en dulce ese recuerdo es que desde la lejanía de la nostalgia nos parecen bellos hasta los momentos que entonces nos resultaban dolorosos, incluso cuando resbalabas en la acequia, te dislocabas un pie y tenías que quedarte quince días en casa enyesado con gasa empapada en clara de huevo. Recuerdo con ternura las noches pasadas en el refugio antiaéreo; nos despertaban en medio del sueño más profundo y nos arrastraban vestidos con pijama y abrigo hasta un subterráneo húmedo, hecho de hormigón armado e iluminado por bombillas de luz mortecina, donde jugábamos a perseguirnos mientras sobre nuestras cabezas se oían ruidos amortiguados de explosiones que no sabíamos si procedían de la artillería antiaérea o de las bombas. Nuestras madres temblaban de frío y de miedo, pero para nosotros era una extraña aventura. Así es la nostalgia. Estamos dispuestos a aceptar todo lo que nos recuerde los horribles años cuarenta, y ese es el tributo que pagamos por nuestra vejez.

¿Cómo eran las ciudades en aquella época? Tenebrosas de noche, cuando la oscuridad obligaba a los escasos transeúntes a utilizar lamparitas no de pilas sino de dinamo, como el faro de la bicicleta que se cargaba por fricción, accionando espasmódicamente con la mano una especie de gatillo. Más tarde se impuso el toque de queda y ya no se podía andar por la calle.

De día recorrían la ciudad unidades del ejército, al menos hasta 1943, mientras en ella estuvo acuartelado el Ejército Real, y con mayor intensidad en tiempos de la República de Salò, cuando circulaban continuamente por las ciudades manípulos y patrullas de marinos de la San Marco o de las Brigadas Negras, y por los pueblos más bien grupos de partisanos, armados unos y otros hasta los dientes. En esta ciudad militarizada en ciertas ocasiones se prohibían las reuniones, no obstante pululaban grupos de Balillas, Pequeñas Italianas de uniforme y escolares con delantales negros que salían de la escuela al mediodía, mientras las madres iban a comprar lo poco que se podía encontrar en las tiendas de alimentación; y si querías comer pan, no digo blanco sino que no fuera repugnante y hecho de serrín, tenías que pagar sumas considerables en el mercado negro. En casa la luz era débil, por no hablar de la calefacción, limitada a la cocina. Por la noche dormíamos con un ladrillo caliente en la cama y recuerdo con ternura hasta los sabañones. Hoy no puedo decir que todo esto haya regresado, desde luego no de manera íntegra. Pero comienzo a percibir su perfume. Para empezar, hay fascistas en el gobierno. No solo ellos: no son exactamente fascistas, pero qué más da, ya se sabe que la historia se repite dos veces, la primera en forma de tragedia y la segunda en forma de farsa. En aquellos tiempos aparecían en los muros manifiestos en los que se veía a un negro estadounidense repugnante (y ebrio) que tendía su mano ganchuda hacia una blanca Venus de Milo. Hoy veo por televisión rostros amenazantes de negros enflaquecidos que están invadiendo a miles nuestras tierras y, francamente, la gente a mi alrededor está más asustada que entonces.

Está volviendo el delantal negro en las escuelas, y no tengo nada en su contra, es mejor que la camiseta con la firma de algún pretencioso, pero empiezo a percibir un sabor a magdalena embebida en tila y, como Gozzano, tengo ganas de decir «renazco, renazco, en 1940». Acabo de leer en un periódico que el alcalde de Novara, de la Liga Norte, ha prohibido que de noche se reúnan en el parque más de tres personas. Estoy a la espera, con un estremecimiento proustiano, del retorno del toque de queda. Nuestros soldados están peleando en Asia (por desgracia, ya no en África) contra rebeldes de rostro coloreado más o menos orientales. Pero también veo unidades del ejército bien armadas y con camuflaje en las aceras de nuestras ciudades. El ejército, como entonces, no combate solo en las fronteras, sino que desempeña tareas policiales. Tengo la impresión de estar de nuevo en Roma ciudad abierta. Leo artículos y escucho discursos bastante similares a aquellos que leía entonces en La Difesa della Razza, que atacaban no solo a los judíos sino también a los gitanos, marroquíes y extranjeros en general. El pan está cada vez más caro. Nos advierten de que deberemos ahorrar en petróleo, limitar el derroche de energía, apagar los escaparates de noche. Disminuyen los automóviles y reaparecen los Ladrones de bicicletas. Como toque de originalidad, en breve el agua será racionada. Todavía no tenemos un gobierno en el Sur y otro en el Norte, pero hay quien está trabajando en esa dirección. Me falta un capo que abrace y bese castamente en la mejilla a las esplendorosas esposas campesinas, pero cada uno tiene sus gustos.

[2008]

Abajo «Itaglia»

En una columna de hace aproximadamente un año destacaba la aparición en internet de numerosos sitios anti-Resurgimiento y filoborbónicos. Leemos en los periódicos que un tercio de los italianos está a favor de la pena de muerte. Estamos volviendo al nivel de los estadounidenses (fuck you Beccaria), de los chinos y de los iraníes. Otro conmovedor retorno al pasado es la necesidad cada vez más urgente de reabrir los burdeles, pero no locales modernos adaptados a su función sino aquellas casas de antaño, con los inolvidables urinarios a la entrada y la madame que gritaba: «¡Chicos, a la habitación, no hay que estarse de brazos cruzados!». Por supuesto que si todo esto pudiese ocurrir a oscuras y tal vez con toque de queda, mucho mejor. A propósito, ¿el concurso para elegir veline no les recuerda el sueño recurrente de las coristas del inolvidable teatro de variedades?

A principios de los años cincuenta, Roberto Leydi y yo decidimos fundar una sociedad antipatriótica. Era una forma de bromear acerca de la educación que habíamos recibido durante la infausta dictadura, que nos había metido la patria hasta en la sopa, hasta la náusea. Además, estaban resurgiendo grupos neofascistas y, por último, la televisión disponía de un solo canal, en blanco y negro, y había que hacer algo para pasar las veladas. La sociedad antipatriótica adoptaba como himno propio la Marcha de Radetzky y se proponía, obviamente, revalorizar la dimensión moral de aquella nítida figura anti-Resurgimiento; se anunciaban referendos para la devolución de la región de Lombardía-Véneto a Austria, de Nápoles a los Borbones y, por supuesto, de Roma al Papa; además, se ofrecía la cesión de Piamonte a Francia y de Sicilia a Malta; había que derribar los monumentos a Garibaldi que se encuentran en muchas plazas de Italia y arrancar las placas de las calles que llevaran el nombre de Cavour o de varios mártires e irredentistas; en los libros escolares había que insinuar terribles dudas sobre la moralidad de Carlo Pisacane y de Enrico Toti. Y así sucesivamente.

La sociedad se disolvió cuando hicimos un descubrimiento tremendo. Para ser realmente antipatrióticos y desear la ruina de Italia sería necesario revalorizar al Duce, o sea, a aquel que de verdad había arruinado a Italia y, por tanto, nos habríamos convertido en neofascistas. Como esta decisión nos repugnaba, abandonamos el proyecto.

Entonces lo hacíamos para divertirnos, pero casi todo lo que imaginamos entonces se está produciendo, aunque ni por un momento se nos había pasado por la cabeza hacer con la bandera nacional lo que luego Bossi ha anunciado que pretende hacer, ni se nos había ocurrido la idea realmente sublime de honrar a los que mataron a los Bersaglieri en Porta Pia.

En aquella época gobernaban los democristianos, que procuraban mantener controlada a la Iglesia para proteger la laicidad del Estado, y el mayor gesto de neoclericalismo fue dar su apoyo a Togliatti en el famoso artículo 7 de la Constitución, que reconocía los Pactos de Letrán. Hacía ya años que se había disuelto el movimiento del qualunquismo, que durante un tiempo había propuesto ideas antiunitarias y había suscitado sentimientos de desconfianza contra una Roma corrupta y ladrona, o contra una burocracia estatal de holgazanes que chupaban la sangre de la gente buena y laboriosa. Ni en sueños hubiéramos creído que algún día los ministros de la República mantendrían estas posturas.

No se nos ocurrió la idea luminosa de que para vaciar de toda dignidad y poder real al Parlamento bastaba con hacer una ley por la que los diputados no fueran elegidos por el pueblo, sino nombrados antes de las elecciones por el jefe. Nos parecía que proponer un retorno gradual a la Cámara de los Fascios y de las Corporaciones era una idea más bien propia de la ciencia ficción.

Queríamos desmontar Italia, pero gradualmente, y pensábamos que se necesitaba al menos un siglo. Sin embargo, se ha conseguido mucho antes y, además de Italia, también se está desmontando Alitalia. Lo mejor de todo es que la operación no es el resultado del golpe de Estado de un grupito de avanzados, los pocos idealistas generosos que éramos, sino que se está realizando con el consenso de la mayoría de los italianos.

[2008]

Ser vistos

 

Saludar con la manita

Mientras estoy buscando información y hallando la confirmación en distintos autores acreditados sobre el calentamiento del planeta y la desaparición de las estaciones intermedias, me pregunto cómo reaccionará un día mi nieto, que no ha cumplido todavía dos años y medio, cuando oiga pronunciar la palabra «primavera» o lea en la escuela poesías que hablen de las primeras languideces otoñales. Y cuando sea mayor, ¿cómo reaccionará al escuchar las Estaciones de Vivaldi? Tal vez vivirá en otro mundo al que estará perfectamente adaptado y no sufrirá por la falta de primavera, ni por ver madurar las bayas por error en inviernos calurosísimos. En realidad, cuando yo era pequeño no tenía ninguna experiencia de dinosaurios y, sin embargo, conseguí imaginármelos. Tal vez la primavera es una nostalgia de anciano, como las noches pasadas en los refugios antiaéreos jugando al escondite.

A este niño que crece le parecerá natural vivir en un mundo donde el bien principal (ahora ya más importante que el sexo y el dinero) será la visibilidad. Donde para ser reconocidos por los demás y no vegetar en un espantoso e insoportable anonimato se hará cualquier cosa con tal de salir en la televisión, o en los medios que por entonces hayan sustituido a la televisión. Donde cada vez más madres integérrimas estarán dispuestas a contar los más sórdidos asuntos de familia en un programa lacrimógeno con tal de ser reconocidas al día siguiente en el supermercado y firmar autógrafos, y las jovencitas (como ya ocurre hoy) dirán que quieren ser actrices, pero no para convertirse en la Duse o la Garbo, no para recitar a Shakespeare o al menos para cantar como Josephine Baker vestida solo con plátanos en el escenario del Folies Bergère, y ni siquiera para brincar airosamente como las veline de antes, sino para ser azafatas de un concurso de televisión, pura apariencia sin ninguna formación artística.

Alguien le contará entonces a este niño (quizá en la escuela, junto a los reyes de Roma y la caída de Berlusconi, o en películas históricas tituladas Érase una vez la Fiat, que Cahiers du cinéma llamarán prolet, copiando el modelo de los «peplos») que desde la Antigüedad los seres humanos han deseado ser reconocidos por la gente que los rodeaba. Y algunos se esforzaban por ser amables camaradas nocturnos en el bar, otros por destacar en el fútbol o en el tiro al blanco en las fiestas patronales, o en explicar que habían pescado un pez enorme. Y las chicas querían que se fijasen en el gracioso sombrerito que se ponían el domingo para ir a misa, y las abuelas querían ser conocidas como la mejor cocinera o modista del pueblo. ¡Y ay si no hubiera sido así! Porque el ser humano, para saber quién es, necesita la mirada del otro, y cuanto más le ama y le admira el otro, más se reconoce (o cree reconocerse); y si en vez de un solo otro son cien o mil, o diez mil, mucho mejor, se siente completamente realizado.

De modo que, en una época de grandes y continuos desplazamientos, donde todos añoramos el pueblo natal y el sentimiento de arraigo, y el otro es alguien con el que nos comunicamos a distancia por internet, parecerá natural que los seres humanos busquen el reconocimiento por otras vías, y que la plaza del pueblo sea sustituida por la platea casi universal de la televisión o de lo que la haya reemplazado.

Sin embargo, lo que tal vez no lograrán recordar ni siquiera los maestros de escuela o quienes ocupen su lugar es que en aquel tiempo antiguo existía una distinción muy rígida entre ser famoso y estar en boca de todos. Todo el mundo quería ser famoso como el arquero más hábil o la mejor bailarina, pero nadie quería que hablaran de él por ser el cornudo del barrio, el impotente declarado o la puta más irrespetuosa. En todo caso, la puta pretendía hacer creer que era bailarina y el impotente mentía contando maravillas de sus aventuras sexuales. En el mundo del futuro (se parecerá al que ya se está configurando hoy) esta distinción habrá desaparecido; se estará dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que le «vean» y «hablen de él». No habrá diferencia entre la fama del gran inmunólogo y la del jovencito que ha matado a su madre a golpes de hacha, entre el gran amante y el ganador del concurso mundial de quién la tiene más corta, entre el que haya fundado una leprosería en África central y el que haya defraudado al fisco con más habilidad. Valdrá todo, con tal de salir en los medios y ser reconocido al día siguiente por el tendero (o por el banquero).

Si a alguien le parezco apocalíptico, que me diga qué sentido tiene ahora ya (incluso desde hace decenios) ponerse detrás del tipo del micrófono para que te vean saludar con la manita, o acudir al concurso televisivo La zingara seguros de no saber siquiera que una golondrina no hace verano. Qué más da, serán famosos.

No soy apocalíptico. Tal vez el niño del que hablo se hará seguidor de alguna secta cuyo objetivo sea el ocultamiento del mundo, el exilio en el desierto, la sepultura en el claustro o el orgullo del silencio. En realidad, ya ocurrió en el ocaso de una época en que los emperadores empezaron a nombrar senador a su caballo.

[2002]

Dios es testigo de que soy tonto…

La otra mañana, en Madrid, estaba almorzando con mi rey. No querría que me malinterpretasen; a pesar de mis firmes convicciones republicanas, hace dos años fui nombrado duque del Reino de Redonda (con el título de ...